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CIRCUNLOQUIO

CIRCUNLOQUIO SI DEJAS MORIR LA ROSA SIN GOZAR SU COLOR, SIN DISFRUTAR DE CERCA SU PERFUME, LLORA POR TI. NO LLORES POR LA ROSA.

Me gustaría saber porqué la libertad carece de alas, porqué las ansias gimen, o porqué el viento frena, siendo viento.

Me gustaría saber porqué el hombre – y además consciente – se hace daño en sus propias voluntades, extingue sus hogueras o entorpece sus brisas.

Nadie quiere – mejor, nadie queremos – analizar la inadecuada introspección que nos conduce a un mundo limitado, poco abierto a Birigay porqués y nada predispuesto al equilibrio exacto.

Son muchos los rosarios a rezar: largas las letanías y escaso el tiempo.

Sin embargo, cualquier motivo es digno de creer en él, para crecer con él y auparnos.
Muchas son también las rosas que la vida nos ofrece. Rosas de amistad. De amor. De donaciones.

Pasamos, eso sí, por el jardín; y no osamos mirar aquello que nos tienta. Aquello que creemos innegado.

Y la rosa está ahí lozana y fértil, hablando de fragancias. Y está el espacio abierto invitando a pasar. Y están los ríos mansos, hablándonos de fondos cristalinos. Mientras tanto, hidratamos la sed con aguas turbias, paseamos la vista por páramos inmensos y habitamos espacios restringidos.

No intentamos llegar – nos faltan – allá donde hay esencias. Nos sofoca el entorno. El medio nos limita, el miedo a equivocarnos nos retiene.

Podríamos sin duda ser dichosos. Y no logramos serlo. Sabemos que el sol existe y apenas nos movemos por disfrutar sus rayos. Sabemos que un mar inmenso e infinito ofrece ante nosotros su horizonte. Y no iniciamos búsquedas.

Recordamos los cuentos infantiles en que un príncipe intrépido y una princesa hermosa – las princesas de entonces eran buenas y hermosas – conseguían ser felices tras mil y una peripecias y tras muchos e intensos avatares. Y no hallamos ejemplo en sus ejemplos.

Nuestra existencia – historia o cuento al fin – también tiene caminos para saber hablar de dichas. Y tiene – aunque acaso se encuentre cercano al precipicio – el mágico edelweiss que, sanando dolencias, devuelve a quien lo huele la perdida salud. Tal vez se encuentre lejos. Pero ¿qué importan distancias ni intrincados caminos, si nos acercan estos, donde por humano derecho debieran nuestros sueños florecer?

ESTHER NOVALGOS LASO- Campo de amapolas
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