Llevaba mucho tiempo esperando; no sabía exactamente cuanto, quizás dos años. Cada vez que se sentaba ante el ordenador miraba la foto.
Un anuncio de colores que publicaba algo que algun día esperaba conseguir, pero era tan caro que decidió olvidarlo temporalmente. A pesar de ello, la imagen era tan deliciosa que su mente insistió en dejarla pegada sobre el interruptor de la luz. El papel se había tornado amarillo y las flores perdían su rojo color según iban pasando los meses.
En alguna ocasión había estado a punto de romperlo ya que, pensándolo bien, no lo necesitaba, era un capricho, pero cuando se tiene un sueño, es un sueño y cuesta mucho quitarse los anhelos de la cabeza. Así que allí seguía, dibujando con los ojos sus encantos, envueltos en ilusiones.
Y ese día, de repente, cuando ya lo tenía olvidado se presentaron como por arte de magia.
Él subió al trastero con el hijo de ambos, mientras ella esperaba en la cocina y en cinco minutos entraron por la puerta con las manos repletas de deseos.
-¿Pero, qué traeis ahí?- les dijo.
Entre los tres, se pusieron a desembalar el interior de las cajas mientras a ella se le llenaban los ojos de lágrimas.
Él se apartó, abrió la alacena y empezó a sacar los platos azules y amarillos que habían comprado nueve años atrás, algun de los cuales ya estaban rayados y golpeados del uso.
-¿Qué haces?- le inquirió ella.
- Pues, tirar estos y poner los nuevos- le dijo. Los vamos a usar todos los días, quiero que disfrutes de ellos cada día, hasta que se rompan.
Ella no supo qué decir, pero entendió muchas cosas. El amor se expresa de formas distintas, se puede envolver en palabras, en objetos o en ilusiones, no siempre tiene que ser como uno quiere que sea.
Agarró un plato, observó su hechura, recorrió con los dedos el dibujo de la planta, sus capullos dejando asomar fulgores arrugados y las flores que, ya abiertas, despuntaban calidez. Cada día comería sobre rojos pétalos, verdes tallos y blanca loza. Se dirigió a la habitación donde descansaba el anuncio y lo arrancó del sitio donde estaba. Volvió a la cocina y se lo dió.
- Ya puedes tirarlo- le dijo. Gracias por pensar en mí.
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Desde ayer, como y ceno sobre una vajilla llena de amapolas.BUHO