|
Temas
Archivos
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2005.
 La ciudad estaba revuelta. Verano caluroso, Jazzaldia apabullante con fantásticas visitas de variopintos grupos de música nos obligó a recorrer los escasos kilómetros que nos separaban de casa al centro de Donosti. Llevábamos un buen rato dando vueltas, ante la gran cantidad de circulación a esas horas. Dando vueltas de una manzana a otra. Optando ya a darnos por vencidos e introducir el vehículo en el parking, observamos a escasos metros una luz blanca que comenzó a introducirse al interior de la calzada. Al instante nos paramos detrás del que salía a fin de colocarnos en la misma posición del anterior inquilino del sitio. Sin duda ya podíamos dedicar el resto de la tarde a pasear bajo el cálido sol estival. De repente, una mujer de unos cuarenta años se coloca delante del coche, impidiendo el paso y haciendo señas de que continúasemos la marcha. Un vehículo que se hallaba parado en el paso de peatones se coloca detrás del nuestro con el intermitente accionado. Nos miramos, mientras aquella mujer hablando en francés realizaba grandes aspavientos insistiendo en que nos fuéramos del lugar. Le dije a mi pareja que no se moviese. Agarré el móvil y llamé a la Guardia Municipal. -Estoy en Ramón Mª Lili con el cruce de la calle Usandizaga, obstaculizando la circulación y no pienso moverme de aquí. Están reservando un aparcamiento que no les pertenece. - Le enviamos un motorista - me contestaron. A la mujer se le unió su hijo y su pareja, que salió de su coche para increpar a la mía. Éste le dijo que no tenían razón, que no tenían ningun derecho a reservar el sitio de esa manera. Pero, haciendo caso omiso, siguieron obcecados en su sinrazón. Aparecieron los guardias, obligando a la mujer y a su hijo a retirarse a la acera, y así pudimos dejar el coche en el lugar. Les explicaron que no había lugar a lo realizado, que no era de ley. Casi terminaron detenidos: Mandaron a tomar por culo, con un elocuente gesto a los municipales y a nosotros mientras seguían despotricando en francés. La situación no recorrió más trayecto porque no quisimos que así fuera....  Pensó en retirar la oscuridad. Siempre el día latiendo en el corazón. Renovando incensantemente la fotosíntesis de la vida. Regurgitando sensaciones plenas en continuo vaivén. Observando las flores, los árboles, encontrando colores definidos por el resplandor del sol.... Se sentó a debatirlo en el interior de la mente, bajo un frondoso árbol. Bajo él, observaba el baile de sombra, la del árbol. Hay sombra, ha de haberla. Si no la hubiera, le quemaría la magnificencia de la luz. No puede ser, porque no vería la grisácea luna, ni las nubes jugando a acariarla, ni el crepúsculo con su juego de infinidad de colores. No sentiría el amanecer con los furiosos pájaros trinando, ni el silencio espectacular de la noche... Porque como escribiría Valle Inclán "sombras entre las sombras".... Y sin luz no hay sombras, se complementan. Y desde las sombras es cuando más se trabaja para salir a la luz. Y entonces apagó la lámpara.  Abrazos. Inmaculados espacios de retorno de cariño. Eternos instantes de renovada ilusión. Batiburrillo de caricias y sinfín de sensaciones que agradecen la atención del donante. Sin pedirlos, recibirlos son como mejor saben. A mí me gusta darlos, ¿y a tí?  Retumba el corazón, lo siento en el vientre. Me tumbo y respiro con suavidad llevando aire a la profundidad de la cueva que no cesa de moverse. Allí lo retengo, lo sujeto y con calma lo expulso del cuerpo mientras una nueva espera concentro de retomar suaves anhelos dentro. Y se introduce entre sangre y huesos redondeando contornos, moldeando mantas hasta que se despierta sereno, con el amanecer, crepúsculo de la mañana.  Pasearse entre las copas de los árboles. Puede ser un sueño, más si se hace hace realidad no es un sueño, sino más. Es un deleite, un explorar un suspiro que se confunde ante un cerrar de ojos, un respirar olores, el paladear roces que, sin haber invocaciones, renuevan los sentidos.  ¡Qué esquiva durante el camino! Empeñada en no vislumbrar lo que no cesaba de alumbrar, resultó más viva que el mundo mismo. Escondites y recovecos recaló para no percibir el sentimiento del ente que luchaba por seguir negando la luz que su mente seguía enviando. Es un saber y no saber maldito que a veces, quisiera no querer intuir la intuición, la que corre y viene cuya carrera, una barrera debiera poner. Más no, porque ayuda más que hiere, alimenta el espíritu y renueva instantes. Y trae al alma amapola de fragilidad y fortaleza de tronco, árbol de vida. En ella un apoyo, compañera y guía es, intuición, tesoro de caracolas y mares que entre espuma de momentos intensos es alma, suspiro eterno y ante todo, ser.  Se miró al espejo y no le gustó la imagen que veía. Tristeza y melancolía embargaban su semblante. Decepción y apatía envolvían la maravillosa vida que revoloteaba por todos los rincones que no apreciaba y que había comenzado a conocer. Hasta que decidió no llorar más, ni intentar que los demás entendieran sus errores. Trabajar sobre sus defectos y sus virtudes, escudriñar lo recóndito del alma y conocerse a sí misma. Se ve desde fuera, no es perfecta. Los demás tampoco lo son. Que cometan errores, como ella misma los comete. Sigue su camino, ya no es una niña. Ahora se sabe mujer.  Una hoja desnuda, caída en el suelo, no deja de ser una hoja, aquí o en París. La hoja seca, juguete del viento, contiene en su pequeñez toda la ciudad, toda la provincia, todos los otoños de todas las geografías. El verano tiene más colores que el otoño, pero están concentrados, como si temiesen la dispersión. El verano es un tomate rojo, dulce, carnoso, una invitación a los sentidos. El verano es una mujer o un hombre, que recogidos en sí mismos, caminan sobre la arena lentamente, sin prisa, y luego se sumergen en el mar, en el imaginario de su amor y en el real del Cantábrico. El verano es una flor amarilla que va de abeja en abeja, como el deseo. El verano es un limón que hace su nido en los labios de los amantes. El verano es un pájaro que persigue a los aviones, tomándolos por iguales. El verano es arena en los dedos, con la que vamos moldeando nuestros sueños y esperanzas, nuestras alegrías y tristezas. El verano es una nube que pasa de largo y veloz en dirección al otoño, que es un apeadero de vientos y suspiros. El verano es una ballena amarilla, que aparece y desaparece en el frenético oleaje de la memoria. El verano es una manzana que sueña que es un árbol, vestido para el baile nupcial; una mariposa que escribe con sus alas frases de amor. El verano es un vino que embriaga lentamente; una canción sin letra susurrada al oído en una terraza de playa. El verano es una hoja que mira al futuro con ojos de luciérnaga, que ría de día y tiembla de noche, aquí o en París. FELIPE JUARISTI Cuesta aclimatarse a la realidad. A la de uno mismo y a la de los demás. Aceptar la propia y la del resto. Paladear y estudiar, encontrar y retomar. Colocarla delante, acariarla y... Se podría adornar, engañar y falsear, engalanándola de buenas palabras que atusan la mente. También hacer todo lo contrario, dejar de soñar con el aire y con flores, con suspiros y olores... Queriéndose y siendo, se halla el término medio, el que aúna esfuerzos, el que provoca nuevos sueños. Y entonces vuelve a manar el aire, a descansar el alma y remontar el vuelo, y sueñan mariposas, colorines. Respirando suave y renovando eternidades ese ánima encuentra un sitio, el de uno mismo.  A cada zambombazo de color el humo se torna extraño lo que hace un instante era rojo colgaba luego dorado. Ahora una palmera y después graciosas guirnaldas brillan irisando la condensada noche. Comienzan a aparecer corazones, flores y por arte de magia, mariposas moviendo las alas destiñendo la amable oscuridad ante el fuego artificial. Se repite la imagen divertida ante el reflejo del oscuro agua, mariposas libando lindas flores. ¡Cómo destilan luz multicolor desgarrando el silencio atronando el rugido del tambor!  Bueno, me voy de vacaciones. Volveré, no lo dudéis. Recorrerán mis pies tierras gallegas. Subirán montes y empedradas calles rodeadas de amurallados muros pisarán. Pero lo que más deseo es sentarme en una silla, o en un banco o que más da, en el suelo, y que al compás de un ribeiro o un albariño me entren retortijones de comer tanto marisco. Besos para todos.
|