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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005.
 Había una vez una niña que se llamaba Cenicienta y... ¡Qué cuentos más bonitos nos contaban cuando eramos niños! Aquellos cuentos se repetían una y vez: Blancanieves, La Bella y la Bestia, Ricitos de Oro... Aquellos cuentos que hacían soñar. ¡Qué cuentos de hadas tan bonitos! Cuando somos niños, soñamos infinito y esos sueños resultan tangibles, reales...A veces tanto que creemos que son así, que nos sabemos dueños de esos sueños. Yo soñaba que soñaba y soñaba y soñaba... Soñaba tanto que pensaba que los problemas que me surgían eran porque algo había hecho mal, vamos que me había tocado a mí, que a mí me correspondía no lograr mis sueños... Un día descubres que no es así, que el mundo no es un cuento de hadas, que los sueños se consiguen con esfuerzo luchando y que si no los consigues no es porque te haya tocado o porque no hayas trabajado los suficiente. No es así. Es tan sencillo como respirar. No nos preguntamos porque respiramos o porque ha entrado una mosca por la ventana de casa...Bueno por lo menos no lo hago a no ser que me afecte seriamente (igual a la mosca se le ocurre meterse en mi nariz). Las situaciones vienen y se van y eso hay que aceptarlo. Hay que conformarse con lo que se es (siempre que lo que es y se tiene llene el alma), no vivir de lo que no se tiene, porque si no se tiene, no se tiene, y punto. Si se vive mirando lo que se desea siempre habrá desasosiego en el corazón. Tan fácil como eso. Tan fácil o tan difícil a veces. Y viviendo de lo que se tiene, sin preocuparse de nada más sino del día a día, el transcurso de la vida es mucho más apacible de lo que jamás se podría creer. No se si a eso se le llama conformismo, aceptación, madurez o véte a saber, pero lo cierto es que la tranquilidad ocupa su sitio, un espacio, un tiempo: UN TIEMPO PARA VIVIR.  Hoy es el día de la madre. En mi casa lo celebramos por tradición, por hábito o no sé por qué. Lo cierto es que desde pequeña me gustó siempre esa pequeña fiesta que organizabamos en torno a este día. En el colegio preparábamos detalles que por cierto, ahora que lo recuerdo, eran horribles. Pero la cosa cambia cuando eres mamá. No es el regalo en sí (aunque me ha gustado mucho), es su carita cuando me lo ha dado, su "Zorionak amatxo", sus besos, sus abrazos, su "te quiero". Es el sentir que cada pedacito de su cuerpo ha salido de mí, que me pasado parte de esta noche levantada (tiene faringitis) dándole agua, incorporándole para que se le calmase la tos y que no me importa, que hoy por hoy, es la única persona por la que lo doy todo. Está viendo la tele, pero hace solo unos instantes se ha caído y como muchas noches y como casi siempre que llora desconsolado le he cantado una canción muy significativa que me encanta y que siento, deberíamos aplicar a nuestra existencia. TXORIAK TXORIHegoak ebaki banizkion nirea izango zen. Hegoak ebaki banizkion nirea izango zen. Ez zuen alde egingo. Baina horrela ez zen gehiago txoria izango eta nik txoria nuen maite eta nik txoria nuen maite. Mikel LaboaTXORIAK TXORISi le cortará las alas sería mío. Si le cortará las alas sería mío. No se escaparía. Pero de esta manera no sería más un pájaro. Y yo quería al pájaro. Y yo quería al pájaro. Mikel Laboa Oscuridad. Para el coche porque quiere escuchar el ruido de la intensa lluvia contra la carrocería. Mira hacia el monte. Oscuridad. Cierra los ojos. Sonidos que asemejan al aceite hirviendo borboteando. Respiración profunda. Relajación. Abre los ojos. Mira hacia el monte. Negro. La visión no proyecta ni la más mínima sombra de la silueta verde. De repente, la luz hace acto de presencia. Un rayo desdibuja la tranquilidad del momento. De lado a lado del escenario se contempla la furia de la naturaleza al descargar su pasión. Resplandor. Luminosidad apabullante. Y un trueno rugiendo tambores, acalla el oscuro silencio de la noche. Aquí estoy- dice imponiéndose. Y el personaje que está dentro del coche lo siente, y lo siente tanto, tanto, tanto, que mientras su boca dibuja una gran sonrisa, sus ojos se desbordan de salinidad transparente. Sentimiento de plenitud al sentir que disfruta de lo que la vida ofrece.  Hace siglos, madre, en Delft, ¿recuerdas?, tú vertías la jarra en casa de Johannes Vermeer, el pintor, el marido de Catharina Bolnes, hija de la señora María Thies, aquella estirada, que tenía otro hijo medio loco, Willem, si mal no recuerdo, el que deshonró a la pobre Mary Gerrits, la criada que abre ahora la puerta para que entres tú, madre, y te acerques a la mesa del rincón y con la jarrra derrames mariposas de luz que el ganado de los tuyos apacentó en los verdes y sombríos tapices de Delft. La misma que yo soñé en el Rojksmuseum, Johannes Vermeer encalará con leche esas paredes, el latón, el cesto, el pan, tus brazos, aunque en la ficción en el cuadro la fuente luminosa es la ventana. Manuel Rivas Aprender cuesta... Cometer los mismos errores una y otra vez. ¿Qué subterfugios pretendo utilizar para conseguir lo que quiero? Quiero algo de tí pero no te lo digo. ¿Cómo puedo pretender que sepas lo que necesito si no lo suelto? ¡Mierda! Llevo tiempo diciéndote como me siento y el nexo de unión cada vez es más fuerte porque tú también lo haces, expresar tus sentimientos, pero lo que no puedes es entenderme, cuando me reprimo la salida de ciertos, como lo llamaría yo, deseos... Me has dado una lección que no voy a olvidar. Una frase me ha hecho ver que te tengo por entero. Y lo gracioso es que es algo fácil no, facilísimo. Decir lo que deseo. Sé por qué me reprimo, es una tarea mía quitar ese miedo. Lo mejor de todo es saber que tengo la puerta abierta... Y que tú, estás esperando...  Toca sonora la orquesta hilvanando el grupo de instrumentos la tuba, el violín, trompeta en crujir de ramas sonando en cantar de pájaros trinando hojas arriba, hojas abajo se acarician entrelazando sus entes aterciopelados en la exquisitez de su único amo, en la cumbre del esbelto árbol. Se oye el clarinete, la viola y se escucha el soberbio bajo y acontece el piano, en el tronco, ante el suave roce de mi mano. Reducir la movilidad. Retén. Cruce de caminos. Trinar de pájaros. Espacio logrado que regocija la mente. Calor. Lágrimas desbordadas. Sinceridad, dignidad. Orgullo, no. Positividad encontrada. Reconocimiento. Se abre otro sendero. Mi sendero.  El último poema, el que aquí no figura, trata de las cosas que las mujeres llevan en la cabeza. Ese poema es una prolongación en marcha. Como las cosas que las mujeres llevan encima de la cabeza son también una prolongación. De niño, la mayoría de las mujeres del mundo en que me movía iban casi siempre con algo encima de la cabeza. Un peso. cestos y banastas con fruta, patatas o pescados. Lotes de ropa. Haces de hierba, o cereales, o helechos. Herradas de agua y calderos de zinc. Jarras de leche. Sacos de grano o harina. Leños atados. A veces, el asombro de ver una mujer con una máquina de coser. Una mujer con una barra de hielo. Una mujer con un lechón en un cesto. Una mujer con un pan de maíz del tamaño de una rueda de carro. Una mujer con quesos envueltos en berzas de col. Una mujer con una cesta de erizos de mar, puñetazos encarnados, denegridos de un sueño astrográfico... El de la memoria rebelde del mar. Lo que veo ahora, esos recuerdos ensartados, son signos que emergen con una fuerza expresiva que me hace ir hechizado detrás de ellas, detrás de esas mujeres-poema que caminan hacia delante, el cuerpo erguido, la mirada al frente, anticipando su andar la grafía de los pies que avanza por el trazo que dejó la mirada. Así veo hoy la poesía. Es la escritura que lleva cosas en la cabeza. La caravana de las palabras que llevan un peso sobre la corona de paño, sobre las vértebras. La memoria. La prolongación. El peso del dolor, pero también la alegre excitación de quien lleva algo, algo más una re-existencia, encima de la cabeza. Manuel Rivas Abre la boca. El paladar está seco. Las papilas derraman ligeros respiros insuficientes. El recipiente rebosa de deseo húmedo, transparente. Sed. Inclinación del ansia, se mueve. Se acerca a los labios que la rosada lengua acaricia. El agua se desliza entre los recovecos de la cueva doblando las rendijas del marfil. Y ahora me trago mis mojados anhelos. CUANDO TENGO RAZON NADIE SE ACUERDACUANDO ME EQUIVOCO NADIE SE OLVIDAAnónimo  El indicador decía Con niebla, no se detenga,pero la niebla llegó a ser tan espesa que detuvo cuidadosamente su coche. Salió, dió unos pasos, pero un miedo ancestral le hizo retroceder. No había ruido ni eco como si todo lo existente se desvaneciera. Puso la radio y sólo escuchó una música árabe, qué coño, tan al Norte. Fue entonces cuando vio aquellas siluetas en el parabrisas. Eran vacas, enormes cabezas con ojos de aguanieve. Manuel Rivas Bola verde entre ramas desnudas. Sugerentes caprichos invernales, llenaron la mente interrogantes. ¿Y cómo nacen?- me dije. ¿Y cómo crecen?- pregunté. Pájaros picoteando frutos blancos son taxi de pegajosas semillas que regalan a las ramas del árbol. Entre álamos, entre manzanos chupetean la corteza engarzando las raíces, cuyo máximo esfuerzo obliga a expandir al extraño muérdago. Y ahora, rodeado de verdes y exquisitas hojas confundible en un mar de vorágine no se ven apenas imperceptibles excepto para mi imaginación que se pasea entre su cuerpo.  Hace poco visité la ciudad de Baiona. Ya la conocía, pero siempre que tengo ocasión que gusta mucho recorrer las calles de su parte vieja. Quiso la casualidad que en esta ocasión coincidiese con un mercado en el que pude apreciar la rica gastronomía de la zona degustando morcillas, paté, miel de flores... Pero lo que más llamó mi atención, en una calle junto a la catedral fue una pequeña o grande (no entré) librería. Como esas que salen en las películas, esas en las que me perdería horas. Lo que sucede es que no tengo ni idea de francés. Así que con asomarme y captar esta instantánea fue suficiente.  Son mis niños, los que durante años atesoran mis ilusiones los que en cada fiesta, en cada viaje busco y rebusco. De cristal, madera y coral barro, piedra y marfil ojos grandes y mirada esquiva buhitos y buhos los que busco y rebusco.  Ató el día y lo sujetó intensamente, tanto, que terminó por reventarlo. ¿Por qué lo haría? Los estados de la mente cambian como las estaciones, como los años. ¿Quién era yo? Por lo menos sé que hoy, tengo frente al espejo a quien amo.  Cabalgó a lomos del equino, sin saber a donde dirigirse, únicamente buscando un lugar donde pudiera abrevar el animal. Pareciera que él, pudiera oler el acceso por el intrincado bosque hacia donde deseaba sosegar su cuerpo. Lo dejó mientras la guiaba entre árboles y sendas, teniendo que agachar la cabeza en repetidas ocasiones para esquivar las ramas que atravesaban el camino. Llegaron junto a un pequeño riachuelo donde el caballo se detuvo. Tanto él como ella comenzaron a beber cristalina agua mojándose la cara.... ... Sol. Sentada en el balcón comiendo lentejas. Termino el plato dejándolo sobre la mesa y sin darme cuenta cierro los ojos. Cuando me despierto, una baba me cae por la barbilla y me rechupeteo del gusto.  Al final se operó. El dolor, recalcitrante, le atravesaba y ardía. Pareciera que se proponía derrumbar la existencia, ahora serena, que había conseguido a fuerza de insistencia. Revolvió Roma con Santiago llegando a molestar al traumatólogo que debía de operarle. Por fin, llegó el día. La operación bien, sin complicaciones. Un corte en el pie, en un costado para escudriñar los interiores del dolor. Una enfermedad de niño le ha hecho vivir con un cuerpo que no acepta en muchas ocasiones. Todo correcto menos su voluntad. Tenía miedo. El temor a caerse le obligo a quedarse en la cama sin coger las muletas que podían darle alas. Y ya podían decirle que todo dependía de él, daba igual. Con un “no puedo” lo tenía todo hecho. Hace dos días escuché de sus labios que tenía la moral por los suelos, que se arrepentía de haberse operado cuando antes era su ilusión para volver a recuperar su vida. El traumatólogo se acercó ayer. Quería que se fuera a casa. No le hacía falta rehabilitación. Él insistió. Quería que le llevasen a algún centro para poder seguir allí la recuperación. Al final consiguió lo que quería. Llegó la ambulancia y le trasladaron. Cuando entró en el hospital, le cambió la cara. Le metieron en la cama. Mientras yo le sacaba la ropa de la maleta no cesaba de repetirme que no la sacase, que porque la sacaba. Me di cuenta de que no dejaba de mirarme, me buscaba. Llegó el médico el cual me pidió que saliese de la habitación para poder hablar con él. Salí al pasillo. Recorrí con la mirada las puertas, los accesos y me encontré con lo que él ya había sentido. Me dio la sensación de estar metida en una jaula, de ahogarme con sólo respirar el ambiente que se había instalado allí.... Angustia, una terrible angustia me atenazó el corazón cómo si lo agarrase fuerte y quisiera machacarlo. De un lado a otro del pasillo mis pies se decantaban por un continuo vaivén de movimientos. No pude resistirlo. Entré en la habitación, interrumpí al médico que molesto salió fuera. - Aita, mírame a los ojos. Mírame. Te pido la verdad. La verdad, por favor. ¿Quieres irte a casa? - No quiero estar aquí. Me ahogo. Pedimos el alta voluntaria. Cogí el coche, lo monté dentro y lo llevé a casa. Hoy mi padre ha cogido las muletas y ha dado cinco pequeños paseos por el pasillo. Estoy muy orgullosa de él y de mi misma también. Hice lo que tenía que hacer.
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