buho |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2006.
Redonda achatada. Rabo verde que acompañado de otro, Dentro ya, la lengua rebosa libidinosa Hoy quiero sonreirte. Al hacerlo te imagino enfadado conmigo, Así que he decidido, en armonía con lo que siento Dedicarte una sonrisa, mi corazón. Recuerdo cuando estaba en baja forma. Triste, desangelada y sin ganas de nada. La sensación era como si nada de lo que había creído en mis años de vida tuviera sentido, como si los conceptos que habían estado conmigo ya no me valiesen. Mi amiga rubia me escuchaba, mi amiga rubia me abrazaba, mi amiga rubia tenía siempre una palabra de apoyo y una de enfado cuando me lo merecía también. Porque fuí una cabezona durante mucho tiempo, pensando en que muchas cosas podían, no, tenían que cambiar. Después me dí cuenta de que no, de que la que tenía que cambiar era yo para seguir hacia adelante. De que no me valía intentar que los demás intentasen cambiar si no querían. Muchos conceptos tuvieron que irse a la basura para poder sobrevivir, para no mentirme más a mí misma y sólo enseñarle mi yo a quien me enseña el suyo. Egoísmo, podría llamarse así, no lo sé, pero me percaté de que no podía ser agua clara, con quien no lo era conmigo. Y mi amiga rubia siempre estuvo allí, cuando la llamaba para decirle como me encontraba. Clara y limpia. Mi amiga de los dorados cabellos está triste porque un chico le ha robado el corazón. Tiemblo al escribir esto. Habíamos quedado para cenar y no se presentó porque se sentía mal, debido a que ese chico no le correspondía. Le mandé un e-mail diciendo que él no se merecía que ella estuviera triste cuando igual él se estaba divirtiendo. En cierta manera, también era egoísmo por mi parte por el hecho de no haberla visto y haberla podido ayudar. Pero no la llamé porque sabía que cuando ella se siente mal, prefiere estar sola. De ahí a los días, le mandé un mensaje para decirle si tenía un ratito para quedar y me llamó muy enfadada diciendo que quería estar sola. Respeté su decisión pero me quedé un poco, no sé cómo llamarlo, planchada. De ahí a los días, le mandé otro mensaje, en la que le hacía ver que a pesar de respetar su decisión, me provocaba tristeza no poder corresponder a la ayuda que ella me había prestado. Me llamó y se que, en cierta manera, la hice sentir culpable de no querer contarme sus sentimientos. Entiendo que cuando te has acostumbrado a solucionar tus problemas sólo, porque nunca has tenido el apoyo de nadie, cuesta mucho abrise a los demás y lo sé, con conocimiento de causa. Nuevamente me pedía tiempo el cual por respeto, le dí, aunque no quería hacerlo. Pero a los pocos días, un poema llegó a mi correo. Un poema que me hizo ponerme a temblar, a reir, a llorar, a darme cuenta de lo importante que soy para mi amiga de los cabellos dorados. Ella no se puede imaginar lo que tiemblo al escribir estas palabras ni lo que sentí y siento, cuando pasados días me llamó para pedirme ayuda y contarme como se sentía. Sé que la relación entre dos personas, puede ser muy complicada, si no conectas con el otro lado o con la necesidad del otro. Me alegro de haber sido capaz de darte el tiempo que necesitabas, pero también de haberte dado a entender que estaba incondicionalmente para lo que te hiciera falta. Y me alegro doblemente, porque has querido compartir tus tristezas conmigo. Sonreí cuando me dijiste que te sentías amada y me entristecí cuando te hundiste. No sé si leerás esto, pero me gustaría que supieras que tus palabras me han llegado muy dentro, hasta el centro de ese corazón que sonrío todos los días. Un abrazo, linda de los dorados cabellos. Sólo yo sé lo que pienso. El silencio quisiera gritar, mas calla. Allí, de alaridos se calma Y se pondrá a chillar, histérico. Huele a mar, a algas y arena. Huele a mar, Y dirigido el cuerpo Mi hija (año y medio) procuramos que nos vea Me hubiera gustado Pero a eso ROGER WOLFE El arte en la era del consumo Llevaba horas allí sentada esperando a que una mano amiga llegara, a que alguien especial entrara por aquella puerta. Alguien con quien poder desahogarse de las sensaciones que llevaban dando vueltas como en una noria por el interior del cuerpo. Pero no llegaba. Escuchaba voces a su lado, voces que en el fondo, sonaban lejanas, difusas, relegadas a una niebla espesa de charla sin sentido. Y por dentro se sentía morir, como el mismo cuerpo al que estaba velando porque se notaba tan aplastadamente sola, que los sinsabores de la vida le parecían dulces comparados con el sentimiento que revoloteaba en aquellos instantes. El teléfono no paraba de sonar ofreciendo palabras de consuelo que no llenaban el espacio vacío de la mente. Diversas llamadas se almacenaban en sus oídos, cansados de escuchar "lo siento" al otro lado de la línea. Se daba cuenta de que los que llamaban no conocían nada de ella, de su vida, de sus necesidades, y que a todos les parecía que con unas palabras era suficiente. Soledad, tan rígida, que gritaba en el interior de la cabeza y del mismo alma, expuesta a puñetazos de rabia.Y aquel olor, que se metió en los huesos a través de la nariz, que días después le obligó a tirar un champú al cubo de la basura, aquel concentrado olor, nauseabundo, que con el tiempo, no ha conseguido quitarse de la pituitaria. Comentarios, fíjate, qué ataud más majo, ya no hacen las cosas como antes, qué detalles, es una maravilla... Mientras, ella guardaba silencio, y al llanto que de vez en cuando salía, respondían con nuevo silencio, con un no te pongas así, es ley de vida. ¿Quién? ¿Quién iba a venir a darle un abrazo? ¿Quién iba a recibir su dolor y hacer que pudiera salir el nudo que tenía en la garganta? Eran las únicas palabras que se le agolpaban pugnando por salir, las que sabía que quien allí estaba, no iba a entender. -Vamos a comprar algo para comer- le dijeron.Y allí se quedó, sola, constante en su furia, de darse cuenta de lo que tenía en la vida. Es en esos momentos cuando más se entiende lo que se tiene o lo que se puede tener de los demás. Es entonces cuando uno ha de percatarse de que en esta vida, te has de sacar las castañas del fuego tú mismo. Es cuando has de cerrar los ojos y llorar por dentro.Y allí, apoyada en un sofá de color azulón, con un calor que derretía piel y camino, se permitió un descanso, al dejar de sonreir y de decir que estaba bien. Y reflexionando se percataba de que en el fondo todos estamos bien, o creemos estarlo. Todos pasamos por la vida, sonriendo y haciendo ver que nos va de maravilla. Y ciertamente es verdad, porque esa es la realidad de la vida que tan primorosamente nos hemos creado. Pero... ¿Acaso me va mal? La respuesta es no. Pero son los deseos los que matan, los que abandonan la esencia de cada uno en un eco indescriptible de mentiras y engaños a veces, destinadas a uno mismo, a veces a los demás. Son las frustraciones, las que envueltas en envidias, celos y deseos hacen que entonces y sólo entonces, salgan a la palestra las carencias de cada uno. Son ellas las que provocan desazón y las que, cuando aparecen, matan alegrías para mostrar orgullo, asesinan dignidad para acuñar bajeza. Y pensaba. Meses después, cuando las aguas volvieron a su cauce, cuando encontró un sentido a su existencia, dejó de reprochar a su familia comentarios del tipo "no puedo verla", cuando te das cuenta de que un yo no soy tú y de que cada persona ve las cosas de distinta manera. No querían ver muerta a su hermana y ella no lo aceptó, sólo por el hecho de sentirse sola. Carencias, nada más que carencias. Continuará... Y además la lógica, pero angustiosa caída en la cuenta, de que detrás de ella ya no había nada. Su padre todavía resistía el combate con la vida, pero enfermo, era su corazón el que tenía que resolver todos los asuntos cotidianos. Y era la aceptación de que en el camino hacia su pasado, quedaba ella, y ella, y ella... Pero en aquel instante, una luz se coló por el pasillo, una luz que pasó de largo del pequeño habitáculo. La sintió caminar por el lugar y de un salto se incorporó a recibirla. Había llegado a entrever un casco de moto acompañándola y al instante supo que era ella. - Mi madre ha muerto-le dijo horas antes. Y escuchó al otro lado de la línea, silencio, incredulidad, tristeza y llanto. Y ahora se presentaba, a sabiendas de sentir que no iba a pasarlo un buen rato. Y ella, que estaba apoyada en el quicio de la puerta, se quedó mirándola con cara de esperanza, mirándola, mientras los ojos intentaban contener el torrente que quería desbordarse. Y la esperanza se abrió, se dejó escapar por todos rincones del alma, como cuando una bombilla se mete en una caja llena de agujeros y por ellos despide explosiva luminosidad y se va rompiendo la caja haciéndose cada vez más grandes los huecos por los que sale la luz blanca. Porque llegó lo que ansiaba en un abrazo al que se rindió, permitiendo desatarse toda la congoja que las dos llevaban dentro. En ese abrazo se rompieron los nudos que llevaban demasiados años atados, que piel contra piel, decidieron deshacer para convertirse en un sentimiento de dicha, por volverse a encontrar. Nunca olvidará ese abrazo, ni lo que sintió cuando, al borde del ataúd, su amiga lloraba. -¿Por qué lloras?-le preguntó, pensando que se acordaba de su hermano, muerto unos años antes. -Lloro por tí y por tu madre. Dentro de ella, una sensación extraña se adueñó de todos sus sentidos. Es como que se abriera el universo o que los pájaros trinasen fuertemente. Como si en el interior, todos y cada uno de los rayos de aquella luz que había entrado por la puerta, hubieran dedicado su camino a buscar la manera de penetrar en un corazón que se sentía roto. Y fue cuando se dió cuenta de que no estaba sola, de que la sensación de angustia parecía que hubiera decidido marcharse. Charlaron durante largo rato aquel día y al siguiente y otros más, hasta que la calma retornó. El tiempo pasa, inescrutable, adoptando diversas formas y senderos para hacerse notar, y el tiempo hace recuperar unas alegrías y perder otras. A veces se juntan, y recuerdan aquel momento vivido hace casi tres años. Y siguen brotando las lágrimas, lágrimas que ya no lloran tristeza sino felicidad de encuentro. Y se juntan las manos y se abrazan los cuerpos sin pedir nada, porque no hace falta, porque sale sólo con una mirada, con un hola. A ella le encanta tenerla por amiga. Cada una tiene su vida, su familia, pero la sensación, cuando están juntas, es la de vivir de nuevo, interminables noches tomando un té con leche... Subir a ver a la familia, compartir un café con sus padres y con sus hermanas, demuestra lo que son la una para la otra, lo que han sido siempre. Que aunque el camino se bifurcó volvió a unirse y que, aunque pasen los años, seguirá siendo una unión en cada llamada, en cada abrazo. Tomo un descanso de unos días. |