buho |
![]() Para aquellos que busquéis estrellas aquí encontraréis alguna de las mías.
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Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.
Macabro día el que te cede la musa, Soy esa desmelenada, otra vez No busques más que sabes, ladina, ¿Acaso no escuchaste o no viste? He cogido una hoja del suelo. Es sencilla y bella a la vez. Sin más. No le hace falta nada para seguir siéndolo. Aún después de finalizado su periplo de vicisitudes está mostrando que con sólo una ráfaga de viento es libre. La hoja nace en primavera y tierna, se va agrandando en espíritu y tamaño y aterciopelada, va creciendo hasta convertirse en plenitud que muestra el verano en rumor de roces, de rayos de sol bailando entre nervios que tililan fulgor. Y en otoño, comienza a transformarse en disconformidad arcoiris de ocres cargada en rojos, naranjas, amarillos y marrones. Pierde ternura, mientras las esquineces se presentan en patas de gallo doblando las uñas. Abandonadas a su suerte, terminan arrebujadas unas contra otras, bailando desnudas en arte de vejez. Y el año que viene nacerán otras. Así deberíamos vivir las personas, en ternura temprana que terminará en un arte, en un quererse por encima de edad, de pautas y modas. Una hoja que todavía está en el árbol esperando saber terminar la vida con la esperanza de la hoja que se quiere a pesar de ganar en arrugas. Y finalizar con la dignidad que lleva un camino de viento y estrellas. ¡Quiero tiempo! Aunque sea, a fin de ver la tele, Ni el Salsa Rosa ese, CUANDO APRENDES A NO ESPERAR Cada día a distintas horas, encuentra la mesa blanca como amiga. A ella le cuenta confidencias y en ella, descansa los brazos, apoyándolos en su lisa superficie. Y la mesa, junto a la ventana, que casi siempre tiene los postigos cerrados cuando llega a la biblioteca. Los abre y contempla la pared de la iglesia, altiva y pétrea. Piedra que el tiempo ha contorneado en aguas de colores, provocando dibujos a lo largo de su alta presencia. Frente a ella, la pared de una casa con los balcones pintados de azul albergan macetas con flores alegrando el ambiente. ............................ Hoy sueño con la ventana, y sueño despierta. La ventana es vieja, de dos hojas, y en cada una de las mismas, el cristal se divide en tres partes, tres cristales por hoja. En el camino de mis ojos, el cristal es un cuadrado perfecto, enmarcado por un listón de madera. Y el cuadro que se presenta detrás, grande, muy definido en el volumen de su ente, con el tamaño encajado en la escala precisa. Estoy de pie, y sin mover el cuerpo inclino mi cabeza para observar el cuadro del cristal que está debajo. Sólo veo la solera del balcón, un poco de barandilla y las piedras de la empedrada calle y la superfcie transparente, a pesar de ser cuadrada, me ofrece una perspectiva distinta, proyectando un pequeño lienzo. Y si subo la cabeza, veo al cielo intentando ser el protagonista de la noche que se avecina, un poco del muro de la iglesia y el tejado de la casa. Y también se le observa diminuto a este cuadro, por otro de los cristales de la ventana. Pienso que si me agacho, la imagen del de abajo se haría grande, como la del cristal del medio, o si me subiese en una escalera, la de arriba... Pero cambiarían los elementos de lo que viera. Abajo, dejaría de apreciar las piedras de la calle y vería otra parte del muro de la iglesia... Me gusta mirar así, me encanta jugar con las perspectivas, darles formas distintas, moverme para encontrar otros puntos desde los que apreciar cosas de distinta manera. Recuerdo cuando era muy niña, largos fines de semana en el caserío de mis tíos. Interminables tardes rodeada de gallinas, cerdos, conejos, vacas, ovejas.... Después el trabajo en el campo que, aunque ciertamente afanoso, me encantaba...Recogíamos según la temporada, tomates, vainas, lechugas, cebollas, puerros, berzas, cerezas, peras, manzanas y un sinfín de productos propios de una explotación. Después de ordeñar las vacas, llevábamos la leche a hervir y en grandes hogazas de pan depositábamos la deliciosa nata que desprendía llenándonos la panza con un buen montón de azúcar. Recuerdo a mi cuerpo, por entonces un poco pequeño, peleando con la azada mientras mis ojos buscaban patatas, a fin de levantar la mano con una de ellas y gritar: ¡He encontrado una! ¡La he encontrado! Después seguía buscando... Ví nacer terneros, corderos pero el recuerdo más especial que tengo es el los cerdos. Mis tíos criaban y cebaban al cerdo que se rifaba después en la feria de Santo Tomás. Le daban pienso, pan y todas las sobras de la comida. Tenían varias hembras que de vez en cuando parían camadas impresionantes. Recuerdo un verano en el que pasamos varios días en una tienda de campaña, a los pies del caserío. Unas de las cerdas estaba a punto de parir y yo nunca había visto como nacían los cerditos. Fue maravilloso. Mis tíos se turnaron para ayudarla mientras yo no podía despegarme de su lado. Uno tras otro, salieron pequeñitos rosados con el rabito rizado, mientras no paraba de palmotear contenta de verlos. Me tuvieron que mandar a la cama porque ya era de noche, pero a la mañana, cuando me desperté, todavía algún gandúl, se resistía a ver la luz del día. Y allí, hasta que amanecieron todos los chiquitines me quedé con mis tíos. Son recuerdos hermosos que están ahí, que en la mente de una niña fueron adorables y que hoy, ahora mismo, están tan nítidos como el primer día. Hace una hora me han avisado que mi tío, aquél que los ayudaba a nacer, ha tenido un infarto, muriendo en el acto. Y me están creciendo los cerditos a montones. Se mueve el junco al compás del viento en balanceo de continua agitación, buscando flexibilidad en cada momento para estar y ser consecuente con mi yo. Ahí está esa raíz que, en poca tierra ahuyenta al desánimo y con fuerza crece, gritando al tallo con tierna firmeza que de flores repleto, si lo desea, puede. ¿Acaso es el junco más que mi mente? ¿O es una flor más humana que yo? Tarde descubro que, al compás del viento, puedo ser libre…. Aunque pensándolo bien, quizá ya lo soy. |